
Hermanos, hermanas...
De pequeños, cuando intentábamos dejar en el plato algo de condumio - así de estrangis - del potaje que no nos gustaba, siempre hemos escuchado alguna vez la voz en off, de algún adulto o algún niño resabido diciendo: "No dejes nada ¿no te dan pena los negritos?". Y ahí tenemos una de esas ocasiones en las que por lo bajini te van instaurando ese sentimiento tan útil en instancias superiores para el control remoto del panoli: El sentimiento de culpa.
Acto seguido a uno se le aparece el fansatasma de Don Miguel Jackson aún negro, Lionel Richie, Bono o Boy George en el video de We are the children, todos unidos contra el hambre en esos megaconciertos por la causa africana, y toda la parafernalia del Domund de tu clase de 4º de EGB en la que las madres echaban una cantidad notable para no ser menos solidaria y acabar tachada de cicatera. Uno al final, acaba tragándose esto como lo de que después de morir se sube al cielo. No caes siendo un crío en que las penurias como las de la foto pueden deberse a la magnánima y siempre bienintencionada mano de la explotación occidental y de los juegos de niños de los reyezuelos y dictadores negratas que emprenden guerras civiles por el bien de su pueblo. Africa no se independizó jamás; lo que hubo fue una descolonización de la tierra aunque no de los recursos. Africa debe aún mandar a tomar por culo a sus principitos hijos de mil padres, a las multinacionales que intentan venderse allí, y a los sicarios económicos mandados por los gobiernos de aquí.
Luego uno, dejando al lado el pensamiento políticamente correcto, se pregunta para qué va a mandar allí una campaña de juguetes (a niños que con cinco años se ocupan de hermanos de dos, hacen todos los trabajos domésticos, cargan kilómetros con tanques de agua, o le han apuntado alguna vez con el arma de un puto guerrillero hasta el culo de heroína, mientras nuestros niños con 40 años no saben hacer la O con un canuto, apollardados y afuncionales), o millones de paquetes de garbanzos de la operación Kilo (se sabe que el negro y la legumbre se llevan del carajo). Toda aquella campaña pro Africa que aún hoy existe, parecía más bien una forma de desviar la atención de los espectadores de la Guerra Fría hacia un mal común sin supervillano identificable: trabajemos juntos por estos desgraciados. Pero lo que es culpable, claro que había. Los mismos que nos invitaban a ayudar con tanto garbanzo y tanta hostia, como si la culpa la tuviera yo, que soy tan esclavo de estos políticos como lo eran estos negritos cuando sus reyes yorubas los vendían a americanos y portugueses.
Ningún gobierno cayó en la cosa de que en vez de alquilarles a estos tipos la caña de pescar a cambio del 95% de su pesca, se podrían simplemente dejar a ellos sus propios recursos. Imaginemos el caso de Senegal: todo el pescado que cogen esos benditos, en vez de quedárselo Japón, Holanda y España, ¿por qué no se les deja que los productos que pillen de su tierra y de su mar sean suyos y lo gestionen ellos y punto? Si se hiciera eso (al Cesar lo que es del Cesar, sus recursos para ellos en vez de robarles para mantener nuestra abundancia abominable y caprichosa) estos tíos tendrían un nivel tecnológico y social como el nuestro en menos de un siglo, sólo que con mejor educación y acabando con sus dictadores que tanto nos convienen aquí.
A ver... perdón, me hablan por el pinganillo... ¿si? Si, si... que se acaba el chollo... ¿que el estado de bienestar qué? Que nos vamos a freír puñetas porque en vez de un Infinity, un Peugeot 206? Hostia... Perdón, perdón. Nada, no he dicho nada... Si es que me pierde la parla, me voy por el boquino; un día de estos me voy a condenar. Si, si, disculpen, cierto es. Perdón. Me callo.
Continuará...
Podéis ir en paz.
De pequeños, cuando intentábamos dejar en el plato algo de condumio - así de estrangis - del potaje que no nos gustaba, siempre hemos escuchado alguna vez la voz en off, de algún adulto o algún niño resabido diciendo: "No dejes nada ¿no te dan pena los negritos?". Y ahí tenemos una de esas ocasiones en las que por lo bajini te van instaurando ese sentimiento tan útil en instancias superiores para el control remoto del panoli: El sentimiento de culpa.
Acto seguido a uno se le aparece el fansatasma de Don Miguel Jackson aún negro, Lionel Richie, Bono o Boy George en el video de We are the children, todos unidos contra el hambre en esos megaconciertos por la causa africana, y toda la parafernalia del Domund de tu clase de 4º de EGB en la que las madres echaban una cantidad notable para no ser menos solidaria y acabar tachada de cicatera. Uno al final, acaba tragándose esto como lo de que después de morir se sube al cielo. No caes siendo un crío en que las penurias como las de la foto pueden deberse a la magnánima y siempre bienintencionada mano de la explotación occidental y de los juegos de niños de los reyezuelos y dictadores negratas que emprenden guerras civiles por el bien de su pueblo. Africa no se independizó jamás; lo que hubo fue una descolonización de la tierra aunque no de los recursos. Africa debe aún mandar a tomar por culo a sus principitos hijos de mil padres, a las multinacionales que intentan venderse allí, y a los sicarios económicos mandados por los gobiernos de aquí.
Luego uno, dejando al lado el pensamiento políticamente correcto, se pregunta para qué va a mandar allí una campaña de juguetes (a niños que con cinco años se ocupan de hermanos de dos, hacen todos los trabajos domésticos, cargan kilómetros con tanques de agua, o le han apuntado alguna vez con el arma de un puto guerrillero hasta el culo de heroína, mientras nuestros niños con 40 años no saben hacer la O con un canuto, apollardados y afuncionales), o millones de paquetes de garbanzos de la operación Kilo (se sabe que el negro y la legumbre se llevan del carajo). Toda aquella campaña pro Africa que aún hoy existe, parecía más bien una forma de desviar la atención de los espectadores de la Guerra Fría hacia un mal común sin supervillano identificable: trabajemos juntos por estos desgraciados. Pero lo que es culpable, claro que había. Los mismos que nos invitaban a ayudar con tanto garbanzo y tanta hostia, como si la culpa la tuviera yo, que soy tan esclavo de estos políticos como lo eran estos negritos cuando sus reyes yorubas los vendían a americanos y portugueses.
Ningún gobierno cayó en la cosa de que en vez de alquilarles a estos tipos la caña de pescar a cambio del 95% de su pesca, se podrían simplemente dejar a ellos sus propios recursos. Imaginemos el caso de Senegal: todo el pescado que cogen esos benditos, en vez de quedárselo Japón, Holanda y España, ¿por qué no se les deja que los productos que pillen de su tierra y de su mar sean suyos y lo gestionen ellos y punto? Si se hiciera eso (al Cesar lo que es del Cesar, sus recursos para ellos en vez de robarles para mantener nuestra abundancia abominable y caprichosa) estos tíos tendrían un nivel tecnológico y social como el nuestro en menos de un siglo, sólo que con mejor educación y acabando con sus dictadores que tanto nos convienen aquí.
A ver... perdón, me hablan por el pinganillo... ¿si? Si, si... que se acaba el chollo... ¿que el estado de bienestar qué? Que nos vamos a freír puñetas porque en vez de un Infinity, un Peugeot 206? Hostia... Perdón, perdón. Nada, no he dicho nada... Si es que me pierde la parla, me voy por el boquino; un día de estos me voy a condenar. Si, si, disculpen, cierto es. Perdón. Me callo.
Continuará...
Podéis ir en paz.






